[Crónica] Mi primera vez en un bar swinger

Sexo, regaños, insinuaciones, malentendidos y situaciones que nunca había visto, así me fue viviendo esta experiencia.

[Crónica] Mi primera vez en un bar swinger

El Sonajero

Jueves 8 de agosto, no tenía dudas de lo que iba a vivir pues llevaba varios días planeando esa actividad con una amiga quien para esa noche decidió llamarse Annie, nuestro objetivo era conocer un bar swinger.

 

A las 9:00 p.m. llegué al sitio acordado, Annie había invitado a una amiga, su nombre para la noche, Amelie, me recordó a aquella película homónima que protagonizó la actriz Audrey Tautou; dos sujetos custodiaban la entrada, uno de ellos nos dio la bienvenida y explicó con qué nos íbamos a encontrar, no había cover pero el consumo mínimo nos asustó, 170.000 pesos por tres personas, no lo esperábamos, así que Annie, agarró su celular y buscó otro bar en Internet.

 

Encontró un sitio más económico, afortunadamente era cerca de donde nos encontrábamos, así que fuimos caminando. Al llegar nos dieron la bienvenida e ingresamos. Estando dentro nos mostraron las instalaciones, no pude evitar percibir un aroma artificial a frutas y una luz tenue que permitía ver con cierto misterio lo que ocurría allí dentro.

 

El primer piso no se diferenciaba mucho de un bar común excepto por dos tubos de pole dance encima de una tarima y tres o cuatro personas que nos observaban con curiosidad. En el segundo piso estaban los vestidores, la guía nos llevó al sauna, espacio vecino del baño turco, donde con tan solo abrir un poco la puerta alcancé a ver dos cuerpos entrelazados, no hacía falta ver más para entender la situación, la mesera al ver eso cerró la puerta y actuó con normalidad.

 

Para terminar el recorrido nos llevó a la zona de masajes, una habitación con dos camillas especiales para dicha tarea en un ambiente iluminado tan solo por algunas luces y el brillo de los televisores que emitían porno; allí también había una ‘cama’ inmensa, una superficie cubierta por colchonetas, su objetivo, tener relaciones sexuales sin límites de espacio y ante la mirada de todos los asistentes.

 

Minutos después fuimos al primer piso, sitio en donde una mujer muy bella de 40 o más años y su pareja se sentaron a mi lado; "hola cómo estás", me preguntó ella, a lo que respondí con un “bien ¿y tú qué tal?”, seguimos hablando; Annie y Amelie estaban observando los alrededores sentadas en aquel sitio sin participar en la charla.

 

Traté de llevarles el hilo de la conversación, me preguntó que si íbamos seguido a esos sitios a lo que contesté con una verdad a medias, “no mucho”, fueron dos minutos más de charla en la que hablamos de cómo nos sentíamos allí, pasado un rato aquella pareja siguió su camino.

 

Queríamos entrar al sauna así que fuimos al vestier que se componía de una zona con baños y otra con casilleros, en ellos encontraríamos una toalla y un par de chanclas; para asegurar nuestras cosas nos dieron la llave de un candado sujetada por un caucho que nos colocábamos como manilla en la muñeca, para evitar perderla fácil por aquello de andar desnudos por el sitio.

 

Al entrar al bar nos hablaron de poder disfrutar unos masajes pero únicamente hasta las 12:00 a.m., así que para no perder el beneficio nos dirigimos allí. Todo estaba oscuro, y solo vi dos figuras, una masculina y otra femenina, la chica se acercó a mí y me pidió quitarme la toalla y colocarla sobre la camilla, menos mal al momento de cambiarme decidí quedarme con mi ropa interior, no me hubiese sentido cómodo estando desnudo.

 

La masajista procedió a trabajar en mis piernas y espalda, pasados 7 o 10 minutos me preguntó si también deseaba masaje por el frente, como aún no había entrado en confianza me negué, me coloqué mi toalla de nuevo y me senté a esperar a mis acompañantes.

 

Algo que me impresionó fue ver en aquella cama gigante a una pareja que empezó a tener sexo ante los ojos de todos los presentes. Mientras ellos encarnaban sus pasiones, uno de los espectadores se acercó bastante a ellos hasta quedar a no más de un brazo de distancia, se quitó la toalla que lo cubría y procedió a masturbarse, pasaron unos minutos, aquella pareja terminó lo suyo y se fueron a continuar en otro sitio, llegué a pensar que iban a invitar a aquel espectador a que estuviera con ellos, pero lamentablemente para él, no fue así.

 

Habiendo terminado los masajes regresamos al sauna para seguir relajándonos, allí entró la mesera que nos recibió, saludó de forma amable a los clientes, nos miró e inmediatamente transformó la expresión de su rostro a una muy enojada, no alcancé a oír la primera parte del regaño, solo escuché, “si eso vuelve a suceder nos vamos a ver en la obligación de sacarlos”.

 

Quedamos muy confundidos por aquella situación y decidí salir a averiguar qué había pasado, resulta que alguien había dejado en nuestra mesa su cerveza y yo, incauto pensé que venía con aquel costoso combo de trago así que nos la bebimos. La situación no pasó a ser más que una advertencia, menos mal, no hubiera sido agradable que nos echaran en nuestra primera visita a un bar swinger.

 

Como no pasó a mayores seguimos en lo nuestro, de repente entró al sauna aquella pareja que al iniciar la noche se acercó a hablarme, se susurraban cosas y de un momento a otro aquella mujer le retiró la toalla a su pareja y le hizo sexo oral, luego ella se sentó en las piernas de aquel sujeto y se dejaron llevar por la excitación que les provocaba ser vistos, después del primer minuto dejé de mirar fijamente y seguí charlando con las chicas, no pasó mucho tiempo y la pareja decidió terminar, y salir del sauna, detrás de ellos se fueron dos o tres que querían seguir presenciando el acto.

 

Durante la noche íbamos de sitio en sitio, salíamos del turco, entrabamos al sauna, tomábamos una copa de trago, en ese ir y venir empecé a notar cierta molestia en las chicas, pues varios hombres nos estaban siguiendo, quizá esperaban ver un trío o probar suerte e intentar que alguna de ellas se fijara en él y ‘coronar’.

 

Se hizo evidente su incomodidad cuando nos encontrábamos en el baño turco e ingresaron aquellos sujetos a hablarnos, cómo se llaman, de dónde son, eran sus preguntas, nosotros respondimos apenas lo necesario, se cuestionaron entonces que nunca nos habían visto por allí, a lo que Annie en voz alta dijo que si cambiábamos de sitio, accedimos a irnos y no pude evitar notar los rostros derrotados de aquellos hombres por no haber logrado concretar algo, luego de eso dejaron de seguirnos.

 

A la 1:30 a.m. fuimos al primer piso, ya más tranquilos y sin nadie siguiéndonos aprovechamos para bailar, así estuvimos hasta que encendieron las luces y dieron el aviso de que ya iban a cerrar.

 

Fuimos a cambiarnos y allí me encontré de nuevo a aquella señora que me habló iniciando la noche, la misma que había tenido sexo en el sauna, ya se encontraba despeinada y un poco pasada de tragos, al verme se acercó a preguntarme si podía regalarle una copa de aguardiente, se lo serví con gusto y me pidió que le recordara cómo me llamaba, Sebastián, le respondí.

 

Me preguntó de forma insinuante qué significaba mi nombre, no se me ocurrió más que decir que fuerza y poder; "por qué la pregunta" le dije, en ese momento estaba notando cierta tensión agradable que en muchos casos es el primer paso a otras situaciones, me respondió que porque hace poco su sobrino había nacido y precisamente le habían llamado Sebastián, ahí se cayó mi teoría de insinuación, se tomó la bebida, agradeció y fue a cambiarse.

 

De esa forma terminó aquella noche, concluí entonces que dos cosas son esenciales para visitar un bar swinger y vivir la experiencia de primera mano; contar con una buena cantidad de dinero porque no es económico, y estar abierto a presenciar todo tipo de situaciones de índole sexual, no fue una mala experiencia, considero que es algo que hay que vivir para conocer nuestros propios límites o quizá saber si tenemos o no barreras en este tema, y lo principal, disfrutar.

 

Carlos Alberto Valencia Cáceres.

 

El Sonajero.

 

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