Un cable bajo el Atlántico cambió para siempre las comunicaciones mundiales
En aquella época un mensaje entre ambos continentes podía tardar semanas porque debía viajar en barco. El telégrafo ya aceleraba algunas comunicaciones, pero el océano Atlántico seguía siendo una barrera.
Tras varios intentos y enormes dificultades técnicas, el proyecto logró conectar Terranova, en Norteamérica, con Irlanda. Ese enlace permitió que la información cruzara el mar en minutos y no después de largos viajes.
El impacto fue inmediato porque demostró que la tecnología podía acercar territorios separados por miles de kilómetros. Aunque aquel primer cable funcionó poco tiempo y presentó fallas, probó que las comunicaciones submarinas eran posibles.
Los avances posteriores permitieron mejorar su resistencia, aumentar la capacidad de transmisión y sentar las bases de futuras innovaciones. Décadas después llegarían el teléfono, la radio, la televisión, los satélites e internet.
Hoy enviar un mensaje al otro lado del planeta toma segundos, pero aquella conexión inauguró una nueva era para las comunicaciones entre ambos continentes.
Antes de internet hubo una hazaña que redujo océanos. El 18 de agosto de 1858 Europa y América intercambiaron mensajes mediante un cable submarino por primera vez.
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